CUANDO LA PREVENCIÓN FALLA: EMBARAZOS DE ALTO RIESGO Y UNA RESPONSABILIDAD COMPARTIDA
Una mujer de 27 años cursa su embarazo número cuatro. Tiene 30 semanas de gestación, dos cesáreas previas y antecedentes que ya encendían señales de alerta. Con 116 kilos de peso y 1,64 metros de estatura, enfrenta un cuadro complejo que se ha agravado por un control prenatal irregular.
Hoy padece diabetes gestacional, hipertensión mal controlada, insuficiencia venosa en ambas piernas e infecciones vaginales y urinarias recurrentes. Un panorama clínico que, en términos médicos, la ubica dentro de un embarazo de alto riesgo.
Los especialistas advierten que, en situaciones así, las complicaciones pueden aparecer en cualquier momento: eclampsia, hemorragias severas, daño renal o hepático e incluso la pérdida del bebé. Escenarios dolorosos que no surgen de un instante a otro, sino que suelen estar precedidos por señales claras y oportunidades de prevención.
Sin embargo, cuando ocurre una tragedia, la reacción suele ser inmediata: señalar al médico, cuestionar al hospital, buscar responsables en el sistema de salud. La indignación es comprensible en medio del dolor, pero pocas veces se abre el debate sobre otro factor determinante: el compromiso con el propio cuidado.
Profesionales de la salud consultados coinciden en que el control prenatal oportuno, el apego al tratamiento y el seguimiento de las indicaciones médicas pueden marcar la diferencia entre un embarazo complicado y uno bajo control. La hipertensión y la diabetes gestacional, por ejemplo, no solo requieren medicación, sino cambios en la alimentación, monitoreo constante y disciplina.
La realidad cotidiana en hospitales públicos y privados revela que muchos embarazos de alto riesgo se agravan por la falta de controles, la suspensión de tratamientos o la ausencia a consultas programadas. No se trata de señalar ni estigmatizar, sino de visibilizar un problema que afecta tanto a madres como a recién nacidos.
El embarazo no es solo un proceso biológico; es una responsabilidad compartida entre el sistema sanitario y la paciente. Cuando una de las partes falla, el riesgo aumenta.
La pregunta que queda sobre la mesa no es quién tiene la culpa cuando ocurre una complicación, sino qué se puede hacer antes para evitarla.
La prevención, el acceso a información clara y el compromiso con el autocuidado siguen siendo las herramientas más poderosas para proteger dos vidas al mismo tiempo.




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